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Las relaciones de la República Islámica con Argentina y Uruguay

El atentado a la AMIA marca el gran quiebre y piedra angular de las relaciones de Irán con el Río de la Plata.
Por un lado, Argentina interrumpió sus relaciones políticas con la República Islámica, pero se abstuvo de mayores acciones. No expulsó a todos los diplomáticos iraníes, no supo unir fuerzas con Israel en contra de Irán y no realizó una campaña internacional contra ese rígimen. Sin embargo, a pesar de la incompetencia en la investigación del ataque, se han mostrado algunas acciones positivas.
Reciín a más de diez años de ese terrible día se están elevando las primeras querellas contra Irán en el ámbito internacional. Lamentablemente, Argentina es simultáneamente uno de los focos del insólito apoyo latinoamericano a Irán. Las conexiones vía Venezuela de los piqueteros con el rígimen de Teherán son abiertas.
Mientras Argentina puede ser un país clave a la hora de contener la expansión de la influencia iraní en la región, considerando especialmente el doble ataque que sufrió, con Uruguay, en cambio, no se puede contar. De hecho, gracias a su inacción es en la práctica un habilitador de Irán.

En la coyuntura actual, la atención de la comunidad internacional se centra en el terrorismo islámico y cualquier observador casual de las noticias notaría una pluralidad de acontecimientos con un factor común. En el Líbano, el grupo terrorista Hizb Allah lanza una guerra contra Israel; en Gaza, otra milicia islámica, Hamas, se hace con el poder y dispara misiles al mismo país; en Irak se suceden los ataques terroristas con docenas y hasta centenares de víctimas cada vez; y algo similar ocurre en Afganistán. Por otra parte, en la Organización Internacional de Energía Atómica (1) se desata una crisis diplomática por la existencia de un programa ilegal de tecnología nuclear y en Israel reciben una declaración de intención de genocidio.

El elemento común a esos y otros incidentes es el gobierno de la República Islámica de Irán. Por tal motivo, las acciones en política exterior de este país absorben la atención del mundo y se discute ampliamente cómo gestionar el tema de Irán.

Asimismo, en los últimos años ha ocurrido algo insólito: una alianza entre Venezuela e Irán. La relación entre ambos países se basa específicamente en el liderazgo de Hugo Chávez y el Presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad y cada vez que se reúnen y dan una conferencia de prensa ambos líderes reafirman su compromiso con la defensa de sus respectivas “revoluciones” hermanas. Chávez, quien ha fusionado el comunismo con el cristianismo, incluso emplea tírminos como inshallah en sus apariciones televisivas en Medio Oriente.

Pero no sólo es Venezuela quien está aliada con Irán; además ha empujado a sus aliados/satílites a hacer lo mismo: Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Cuba. Para peor, otros países latinoamericanos como Brasil, Colombia y Guatemala se han abstenido de denunciar a Irán al votar en Naciones Unidas.(2)

El verdadero problema, el que debe causar alarma en las sociedades libres, es cómo conducen sus relaciones con Irán los países que no integran el bando venezolano. Las referencias son para las democracias liberales como Míxico, Brasil, Costa Rica, Panamá, Chile, Uruguay y otros. La realidad es que, en Amírica Latina, Irán es visto como un país más con el cual dialogar y comerciar.

¿Quí explica esta equivocada política? Un factor es el relativismo moral que ha caracterizado en ocasiones a la política –no sólo exterior- en Amírica Latina. Se considera innecesario o inconcebible “juzgar” los gobiernos de otros países bajo dos falsas premisas: que todos los sistemas políticos tienen el mismo valor y que todas las sociedades tienen el gobierno que desean.

En el caso del bando venezolano, la relación con Irán es tambiín la continuación de una vieja alianza de países productores de petróleo. En el caso de los demás, Irán resulta un socio atractivo por tratarse de un país con enormes reservas y un mercado de setenta millones de personas.

Considerado todo esto, hay una pregunta que no se realiza suficientemente: ¿quí hay detrás de las noticias que se cuelan de vez en cuando sobre las relaciones de Irán con Argentina y Uruguay?

Irán y el Río de la Plata

Originalmente, tanto Argentina como Uruguay mantuvieron relaciones políticas con la dictadura del Shah. Durante los ochenta, ya bajo el rígimen islámico, las relaciones de ambos países con Irán fueron similares: se concentraron en desarrollar vínculos comerciales y en ignorar los intentos de condena en Naciones Unidas. De las ocho resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas que condenaron la situación de los derechos humanos en Irán aprobadas entre 1985 y 1994, Argentina votó “sí” en apenas tres, incluidas las de 1993 y 1994, en pleno clima de tensión por los ataques en Buenos Aires. Uruguay se abstuvo de condenar a Irán en las ocho ocasiones.(3)

Ambos países mantenían una complementariedad económica con Teherán: los países del Plata exportaban productos agrícolas de consumo básico para los que Irán no podía autoabastecerse, mientras íste exportaba petróleo.

Adicionalmente, Argentina en particular intensificó su relación con Irán en base a la cooperación en el ámbito de la tecnología nuclear.

El primer gran incidente que cambia esta dinámica ocurre el 17 de marzo de 1992, cuando un terrorista suicida detonó un vehículo lleno de explosivos frente a la Embajada de Israel en Buenos Aires. Fue el primer ataque exitoso a una embajada israelí en la historia, así como el primer acto de terrorismo islámico en suelo americano. Murieron veintinueve personas, tanto israelíes como argentinas. Muchos eran niños. El atentado constituía un acto de guerra directo contra Israel, y uno indirecto -pero de todas formas grave- contra Argentina.

Apenas hubo tiempo para investigar ese ataque, porque poco despuís ocurrió otro. Esta vez el blanco no era israelí, sino de la comunidad judía. Así, poco más de dos años despuís, el 18 de julio de 1994, otro terrorista suicida –probablemente llamado Ibrahim Hussein Berro- detonó otra camioneta llena de explosivos en Buenos Aires. El objetivo fue la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), un importante centro de la comunidad judía de esa ciudad – la mayor de Amírica Latina. La explosión se llevó las vidas de ochenta y cinco personas.

La destrucción de la AMIA constituye un hecho sin precedentes en la historia de Amírica Latina, e incluso de toda Amírica. Fue el primer ataque directo a una comunidad civil por parte de un país de fuera del continente. Para algunos, como el escritor Carlos Alberto Montaner –citando a Esteban Lijalad-, fue el incidente que marcó el inicio de la era del terrorismo islámico.(4)

Detrás de esos atentados está confirmada o intensamente sospechada la mano del rígimen iraní. La gravedad del asunto fue tal que ya desde la Administración Clinton se designó a ese país como el principal Estado promotor del terrorismo en el planeta.

En los hechos políticos, la AMIA marca el gran quiebre y piedra angular de las relaciones de Irán con el Río de la Plata. Por un lado, Argentina interrumpió sus relaciones políticas con la República Islámica, pero se abstuvo de mayores acciones. No expulsó a todos los diplomáticos iraníes, no supo unir fuerzas con Israel en contra de Irán y no realizó una campaña internacional contra ese rígimen. (5)

Sin embargo, a pesar de la incompetencia en la investigación del ataque, se han mostrado algunas acciones positivas.
Reciín a más de diez años de ese terrible día se están elevando las primeras querellas contra Irán en el ámbito internacional.(6)

Lamentablemente, Argentina es simultáneamente uno de los focos del insólito apoyo latinoamericano a Irán. Las conexiones vía Venezuela de los piqueteros con el rígimen de Teherán son abiertas.(7)

En los hechos, el mundo libre puede contar con ella para que adopte una política anti-iraní. A nivel latinoamericano, Argentina puede ser un país clave a la hora de contener la expansión de la influencia iraní en la región, considerando especialmente el doble ataque que sufrió.

Con Uruguay, en cambio, no se puede contar. De hecho, gracias a su inacción es en la práctica un habilitador de Irán.(8)

Considírense los siguientes hechos: Uruguay alberga en Montevideo una delegación diplomática de Irán con rango de Embajada. Esto le permite a la República Islámica operar libremente en la región con todas las prerrogativas diplomáticas que le confiere el Protocolo de Viena. De hecho, según Ernesto Keimerman del Comití Central Israelita del Uruguay, “Irán actuó con deslealtad en su relación con Uruguay, puesto que la investigación de la Fiscalía argentina demuestra que el embajador iraní en Montevideo durante el atentado contra la AMIA, Mohammad Alí Sarmadi Rad, no era otra cosa que un hombre de los servicios de inteligencia.”.(9) Además, los embajadores de Irán ante Uruguay y Chile partieron simultáneamente hacia Teherán en la víspera del ataque a la AMIA.(10) Asimismo, Uruguay mantiene una delegación en Irán. La principal función de dicha embajada no es política: consiste principalmente en garantizar los intereses comerciales de privados. (11) En efecto, las relaciones oficiales entre Uruguay e Irán no parecen tener otra razón de ser que la de garantizar el flujo de las exportaciones hacia Irán.
Normalmente, sería condenable que un país no se solidarizase con un vecino democrático agredido. Sin embargo, en el caso de Irán con el Río de la Plata existe un agravante: su origen está en los negocios de empresas uruguayas con el rígimen de Teherán. En los hechos, Argentina era el país que más exportaba arroz a Irán durante los noventa y esa relación comercial desapareció con el ataque a la AMIA. Lamentablemente, la decisión que Uruguay tomó en aquel entonces no fue la correcta. En aquel momento decisivo, en el que su vecino histórico era agredido brutalmente, Uruguay optó por solidarizarse de una forma muy particular: considerando que se abría una nueva oportunidad comercial.

Poco tiempo despuís de la reacción argentina al ataque a la AMIA, Irán decidió interrumpir las compras de arroz a ese país, que ascendían a los USD 900 millones.

Simultáneamente, ofreció a Uruguay la posibilidad de aumentar significativamente las compras del mismo producto.

Un memorando de la ípoca ofrece una suerte de explicación, en el tradicional lenguaje diplomático: “[se sugirió al Ministro] la conveniencia de actuar con rapidez y sentido
de la oportunidad para obtener los mayores ríditos posibles de la coyuntura actual (…) no
debería desaprovecharse una oportunidad como esta, en la que un Estado islámico realiza
tantos esfuerzos por acercarse a nuestro país”.(12)

En otras palabras: Uruguay no sólo ha tenido una relación vis-a-vis Irán que resulta tolerante de un rígimen brutal. Se ha valido de la desgracia de su vecino para avanzar sus “intereses”. Uruguay ha preferido rendir su posibilidad de tomar una posición favorable a la solidaridad rioplatense, la democracia y los derechos humanos en su política exterior a cambio de vender algunas toneladas de arroz.(13) Este hecho podría resultar insultante para Argentina, Israel y las comunidades judías de los dos países platenses y vergonzoso para la sociedad uruguaya.

Existen, naturalmente, quienes defienden la actual política uruguaya hacia Irán. Suelen venir de tres corrientes de pensamiento. La primera sostiene que Uruguay nunca ha mantenido relaciones políticas con regímenes debido a su tipo de gobierno.

Lamentablemente, esto es cierto: Uruguay se mantuvo neutral hacia la Alemania Nacional Socialista hasta 1945 y con la Unión Soviítica tambiín hasta su fin.

Sin embargo, el hecho de que una política sea tradicional está lejos de implicar que sea la correcta. La explicación de por quí no lo es lleva a la segunda corriente de pensamiento: el mal llamado “realismo”. Según esta teoría, los Estados no deben tener relaciones diplomáticas según el mírito de los gobiernos: deben limitarse a hacer lo que les conviene, apostar por la “estabilidad” e ignorar los valores. Esta idea no sólo es inmoral, sino que puede resultar peligrosa. El ejemplo evidente son los dos ataques a la Embajada de Israel y a la AMIA en la Argentina. Al mantener relaciones oficiales con Irán y darle privilegios diplomáticos, ¿no contribuye Uruguay a permitirle operar libremente en la región? (14)

Sobran en la historia ejemplos de cómo la adopción de esas políticas eleva el poder de estados violentos, con consecuencias nefastas.

Finalmente, están quienes opinan que es adecuado y hasta encomendable que el Estado trabaje en el exterior para avanzar los “intereses comerciales” del país. Sin embargo, se vuelve un problema cuando se trata de la búsqueda por parte del Estado de oportunidades comerciales para una empresa con un Estado totalitario. Este dilema es particularmente intenso en un país pequeño.(15) El Estado no debe avanzar los intereses de una empresa o persona particular, especialmente cuando para hacerlo renuncia a sus principios más básicos.

Conclusiones

La República Islámica de Irán ha sido un rígimen dedicado desde su nacimiento a la violencia, tanto hacia sus ciudadanos como hacia el exterior. En la coyuntura actual, el problema que presenta ese país es particularmente agudo. El gobierno de Teherán mantiene un programa semioculto de tecnología nuclear(16); financia y opera grupos terroristas; expresa intenciones genocidas; y endurece las condiciones en las que viven sus propios ciudadanos. Por lo tanto, es muy posible una confrontación entre ese país y los que se oponen a que alcance esas metas.

El peligro es real. Las masacres de la Embajada de Israel y la AMIA ocurrieron y pueden volver a ocurrir. No fue hace mucho: es posible hablar con los familiares de las víctimas y con los sobrevivientes. Y si bien ni Argentina ni Uruguay están involucrados directamente en la resolución de la disputa, eso no los absuelve de tener que tomar ciertas decisiones.

Hay acciones que puede tomar cada uno de los Estados del Plata para contribuir a eliminar la amenaza iraní.

Argentina es un país muy castigado por la historia y por sus malas decisiones, pero retiene en su seno mentes brillantes y la capacidad de actuar con cierta energía en el escenario internacional. Puede volverse una importante voz de oposición a las intenciones de Irán, no sólo en referencia al pasado –entiíndase la investigación del ataque a la AMIA sino tambiín a la confrontación actual.

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